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En 1877, las órbitas de Marte y la Tierra se
acercan lo suficiente para llamar la atención de los astrónomos
quienes enfocan, ansiosos, sus telescopios, hacia la roja cara del
vecino. Uno de esos astrónomos es Giovanni Schiaparelli quien, en
Milán, prueba su nuevo telescopio de 21,8 centímetros. En la década
siguiente, Schiapareli trazará un mapa de la superficie marciana,
detallando una red de líneas rectas que bautizó con el nombre de "canali",
i.e. canales o surcos. Schiaparelli no sugería que fueran formaciones
no naturales. "Este nombre es un simple
artificio" advertía en sus
escritos "después de todo, también hablamos
de los mares de la Luna sabiendo perfectamente que no son masas
líquidas".

Pero, la tentación de cruzar el espacio que había entre la formación
geológica natural y la construcción artificial de una mente
inteligente estaba ahí. Y ese cruce lo dio un astrónomo norteamericano
y multimillonario: Percival Lowell.

Cuando en 1892, Schiaparelli anunció su retiro de la investigación
marciana, porque su vista fallaba para la observación astronómica,
Lowell tomó la posta. Su primera decisión fue elegir un lugar donde no
hubiera perturbaciones atmosféricas que enturbiaran la visión de
Marte. Eligió Mars Hill, en Flagstaff, Arizona para construir su
observatorio. Y allí, alejado de las luces de las grandes ciudades, en
una atmósfera límpida y nítida, dedicó su vida a observar al planeta
rojo.

La astronomía de esos tiempos era una tarea de perseverancia y
paciencia. El astrónomo se ubicaba al pie del telescopio, mirando
durante horas, en el frío de la noche, esperando que la imagen se
estabilizara. Un solo instante y la imagen fluye nítida, en un
destello perfecto. El astrónomo debe atrapar ese momento en su mente,
percibir todos los detalles y anotar, diligentemente, lo observado.
Percival Lowell trazó en sus cuadernos de notas, los parches de un
mundo increíble. Observó zonas brillantes y oscuras en la superficie
de Marte, trazó en sus esquemas, las líneas rectas que recorrían el
planeta, confluyendo en el casquete del hielo polar. Lentamente, con
cada garabato, con cada línea trazada en su libreta de apuntes,
Percival Lowell describía el perfil de un mundo desértico, árido,
dónde el agua era un bien escaso y preciado. Bastaba ver el laberinto
de rectas que recorrían la superficie, para entender el propósito
oculto en su diseño: trasportar el agua del polo al resto de la
superficie marciana.

Percival Lowell observaba, a través de su telescopio, un complicado
sistema de canales que abastecía de agua a todo el planeta. Y esa
estructura no podía ser natural. Ese complicado diseño revelaba la
presencia de vida inteligente, de otros seres que, desde la orilla
vecina del planeta, luchan por sobrevivir en un ambiente tan hostil
como las desérticas extensiones de Arizona que rodeaban al
observatorio de Lowell.
Los escritos de Lowell desataron la fiebre de la marcianomanía. Los
habitantes de Marte cobraron entidad propia, pese a que los colegas
del astrónomo norteamericano no coincidían con sus análisis y
declaraban que eran incapaces de ver la intricada red de canales que
Lowell veía. Alfred Rusell Wallace, un ingeniero contemporáneo a
Lowell que comentó sus libros, estableció la
imposibilidad técnica
de los canales. Pero esas críticas no
redujeron el entusiasmo de Lowell. Él seguía viendo los canales. Él
seguía viendo a los hombres de Marte. “Aparecen canales dobles en
destellos, convenciendo de su realidad” escribe el 21 de enero de
1905, en su cuaderno de notas. Percival Lowell falleció en 1916,
seguro de haber visto las pruebas de vida inteligente en Marte.

Casi sesenta años después, en noviembre de 1971, la NASA puso en
órbita marciana a la Mariner 9. Durante un año tomó imágenes del planeta rojo, remitiendo a
la Tierra las primeras fotografías de nuestro vecino espacial. Trazó
los primeros mapas de Marte que sirvieron para las futuras
exploraciones no tripuladas. Esas imágenes nos traen un mundo
desértico y árido, sin signos de vida, sin ninguna formación que
remita, aunque sea remotamente, a la idea de un sistema de canales.
Carl Sagan menciona que junto a su colega, Paul Fox, de la Universidad
de Cornell, analizaron las imágenes del Mariner 9 (con una resolución
mil veces mayor que las que podía registrar el telescopio de Lowell),
buscando correlaciones con los mapas trazados por Lowell. No había
ninguna coincidencia, ningún paralelo significativo.
“En la posición de la mayoría de sus canales no
había manchas oscuras ni cadenas de cráteres. Allí no había rasgos en
absoluto. Entonces, ¿cómo podía él haber dibujado los mismos rasgos
año tras año? ¿Cómo pudieron otros astrónomos algunos de los cuales
dijeron no haber examinado con detalle los mapas de Lowell hasta
después de sus propias observaciones dibujar los mismos canales?”
se pregunta Carl Sagan. Y, piadosamente, se responde:
“Lowell siempre dijo que la regularidad de los
canales era un signo inequívoco de su origen inteligente. Y no se
equivocaba. Sólo falta saber en qué lado del telescopio estaba la
inteligencia”.
El otro científico era un microbiólogo, de la Universidad de Rochester,
Nueva York. Su nombre: Wolf Vishniac. A fines de los cincuenta,
en un congreso interdisciplinario, presenció el asombro de un
astrónomo que declaraba que los biólogos no tenían ningún instrumento
preciso y fiable para encontrar microorganismos. Un test estándar para
certificar la existencia de vida, sería imprescindible para las
futuras misiones a Marte, descartada la presencia de hombrecitos
verdes constructores de canales que nos recibieran con los brazos
abiertos.

Vishniac se puso a trabajar en el diseño de una herramienta como la
que requería el astrónomo colega y construyó lo que se llamó “La
Trampa del Lobo”, en un evidente juego de palabras con su nombre de
pila. La idea era transportar a Marte una ampolleta de materia
orgánica, a la que había que mezclar con una muestra del suelo
marciano, tras lo cual había que sentarse a observar como reaccionaban
los bacilos marcianos (si es que existían) al crecer. El único
supuesto de su diseño era que a los presuntos microorganismos
marcianos les gustaba el agua. Si esa condición se daba y si esas
entidades existían, la Trampa del Lobo debía funcionar e identificar
la existencia de vida en el suelo marciano.
La Trampa del Lobo fue seleccionada, con otros tres experimentos
microbiológicos, para integrar el conjunto de pruebas que llevaría el
Viking, la primera nave espacial humana en aterrizar en Marte. La
Trampa diseñada por Vishniac era, de las cuatro
pruebas, la que menos
condiciones restrictivas imponía a la posible vida marciana.

La NASA argumentó razones de restricciones presupuestarias para
reducir la cantidad de pruebas que llevaría el Viking. La Trampa del
Lobo, el trabajo de doce años de investigación de Vishniac, fue
eliminada en 1971.
Otro científico hubiera tirado la toalla. Wolf Vishniac siguió
perseverando en su trabajo. Se trasladó a la Antártida y puso a prueba
su test, en el lugar más hostil de la Tierra para la existencia de
vida. Hasta entonces, los biólogos no habían descubierto vida
autóctona en el continente antártico. La vida encontrada en el polo sur,
había sido traída por el viento desde lugares más favorables para su
existencia. Pero Vishniac desconfiaba de los tests que se habían
aplicado hasta ese momento. Aplicando su Trampa, esperaba probar la
existencia de vida en la Antártida. Y eso reforzaría la probabilidad
de que existieran microorganismos en el suelo marciano.
En noviembre de 1973, Wolf Vishniac se trasladó con su equipo a la
zona cercana del Monte Balder, un valle seco de la cordillera Asgard,
en la Antártida. Enterraron pequeñas estaciones microbiológicas en el
suelo antártico, las que recogerían un mes después, para su análisis.
El 10 de diciembre de 1973, Wolf Vishniac salió de la estación polar,
a recoger sus muestras en tierras polares. Fotografiaron su partida, a
tres kilómetros de distancia.
Dieciocho horas después, su cuerpo fue rescatado, sin vida, en el
fondo de un precipicio de hielo. Seguramente, visitando una zona
desconocida, resbaló, rodó a lo largo de 150 metros y murió en la
soledad del frío polar. Su última notación, en su libreta de apuntes:
“Recuperada la estación 202. 10 de diciembre de
1973. 22.30 horas. Temperatura del suelo, -1Oº. Temperatura del aire,
-16°”. Un típico mediodía del
verano marciano.
Gran parte de las estaciones microbiológicas de Vishniac siguen
enterradas en la Antártida. Pero muchas otras fueron rescatadas y
analizadas, por los parientes y amigos del biólogo. En la gran mayoría
de las muestras, los científicos descubrieron vida, la que hubiera
sido indetectable siguiendo las técnicas convencionales hasta entonces
conocidas. La propia viuda de Vishniac, Helen Simpson, descubrió en
una muestra una levadura exclusiva de la Antártida. Otros científicos
descubrieron, a un par de milímetros dentro de las rocas, un mundo
colonizado por pequeñísimas algas. Aún en un ambiente tan hostil, la
vida se imponía.
La Viking llegó a Marte en 1976 (sin los tests de Vishniac) y los
primeros experimentos realizados arrojaron resultados no conclusivos.
Dos de los tres experimentos efectuados, dieron positivos. Pero los
análisis posteriores no permiten ratificar la existencia de vida
microscópica en Marte. Algunos estudios sugieren que los mecanismos
identificados podrían deberse a reacciones químicas del suelo
marciano. Pero mientras los científicos sueñan con nuevas expediciones
y nuevas pruebas, el trabajo de Wolf Vishniac sirvió para demostrar
que es posible la existencia de vida, aún en condiciones
medioambientales extremadamente hostiles.

En el polo sur de Marte hay un cráter que ha sido bautizado con el
nombre de Vishniac. Quince años después de la muerte de Lowell en
Flagstaff, el astrónomo Clyde Tombaugh descubrió el planeta Plutón, en
las coordenadas predichas por Lowell, al analizar las irregularidades
en la órbita de Urano. Las primeras letras del nombre del nuevo
planeta, las que componen el monograma del símbolo del planeta, son
PL. Percival Lowell.
Dos hombres miraron al cielo y vieron a Marte. Uno vio a una raza
sedienta constructora de canales. Otro, a ínfimos organismos luchando
por vivir. Ambos soñaron con una voz que contestara del otro lado de
la orilla cósmica. Una voz que nos dijera que no estamos solos, en
este arrabal de la galaxia.
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