las reglas de Borges

   

 

Desde 1945, Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares dirigieron, para la editorial Emecé, una colección de novelas policiales, en la que difundieron los principales autores del género. La colección se llamó “El séptimo círculo”, célebre en la historia de la literatura nacional. Con el seudónimo de H. Bustos Domecq, Borges y Bioy inventaron a un detective criollo (Isidro Parodi) quien, como no podía ser de otro modo en nuestra tierra, estaba detenido en la cárcel, por una falsa acusación.

Borges valoraba la vertiente clásica del género policial, más que la novela negra norteamericana. En un artículo publicado en la revista “Sur”, en julio de 1935, detalló una serie de reglas que debía seguir el cuento policial (“la novela policial de alguna extensión linda con la novela de caracteres o psicológica” aclara), código de conducta que pasamos a enumerar:



A) Un límite discrecional de seis personajes.
La infracción temeraria de esa ley tiene la culpa de la confusión y el hastío de todos los films policiales. En cada uno nos proponen quince desconocidos, y nos revelan finalmente que el desalmado no es Alpha que miraba por el ojo de la cerradura ni menos Beta que escondió la moneda ni el afligente Gamma que sollozaba en los ángulos del vestíbulo sino ese joven desabrido Upsilon que hemos estado confundiendo con Phi, que tanto parecido tiene con Tau el ascensorista suplente. El estupor que suele producir ese dato es más bien moderado.

B) Declaración de todos los términos del problema. Si la memoria no me engaña (o su falta) la variada infracción de esta segunda ley es el defecto preferido de Conan Doyle. Se trata, a veces, de unas leves partículas de ceniza, recogidas a espadas del lector por el privilegiado Holmes, y sólo derivables de un cigarro procedente de Bruma, que en una sola tienda se despacha, que sirve a un solo cliente. Otras, el escamoteo es más grave. Se trata del culpable, terriblemente desenmascarado a última hora para resultar un desconocido, una insípida y torpe interpolación. En los cuentos honestos, el criminal es una de las personas que figuran desde el principio.

C) Avara economía en los medios. El descubrimiento final de que dos personajes de la trama son uno solo, puede ser agradable –siempre que el instrumento de los cambios no resulte una barba disponible o una voz italiana, sino distintas circunstancias y nombres. El caso adverso –dos individuos que están remedando a un tercero y que le proporciona ubicuidad- corre el seguro albur de parecer una cargazón.

D) Primacía del cómo sobre el quién. Los chapuceros ya execrados por mí en el acápite A abundan en la historia de una alhaja puesta al alcance de quince hombres –mejor dicho, de quince apellidos, porque nada sabemos de su carácter- y luego retirada por el manotón de uno de ellos. Se imaginan que el hecho de averiguar de qué apellido procedió el manotón, es de considerable interés.

E) El pudor de la muerte. Homero pudo transmitir que una espada troncó la mano de Hypsenor y que la mano ensangrentada rodó por tierra y que la muerte color sangre y el severo destino se apoderaron de los ojos, pero esas pompas de la muerte no caben en la narración policial, cuyas musas glaciales son la higiene, la falacia y el orden.

F) Necesidad y maravilla en la solución. Lo primero establece que el problema debe ser un problema determinado, apto para una sola respuesta. Lo segundo requiere que esa respuesta maraville al lector –sin apelar a lo sobrenatural, claro está, cuyo manejo en este género de ficciones es una languidez y una felonía. También están prohibidos el hipnotismo, las alucinaciones telepáticas, los presagios, los elixires de operación desconocida, los ingeniosos trucos seudocientíficos y los talismanes.


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