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 . 14.09.03, 01.13 hs. 
   


el síndrome Batistuta 

Que los Pumas perdieran su match inaugural del Mundial, con Australia, estaba dentro de lo esperable. También, por una diferencia mayor que los 16 puntos finales ocurridos. Lamentablemente, también se esperaba que Felipe Contepomi siguiera con su mala puntería a los palos y que la tozudez de los que guían los destinos tácticos del equipo, siguiera manteniendo 9 o 12 puntos en el banco, en la persona de Gonzalo Quesada, el último goleador del Mundial.

Pese a las razones tácticas invocadas por la dirección técnica de los Pumas, cuesta comprender tal obcecación a la hora de juzgar la inclusión de Quesada en el equipo. Cuesta, desde el lado del hincha del equipo nacional, ver pasar oportunidades, desperdiciar talento, dejar pasar el tren, no por imponderables de la alta competencia (lesiones inesperadas, arbitrajes amañados, inclemencias climáticas), sino por la vocación argentina de boicotear lo mejor que tiene, esa tradición de ir a menos, despreciando el propio potencial.

En los dos últimos mundiales de fútbol, la Selección Argentina se metió sola (sin ninguna necesidad) en una de esas absurdas polémicas tan del gusto nacional, con la inclusión de Gabriel Batistuta. Durante mucho tiempo sufrimos a los goleadores extranjeros, en cada centro o tiro libre contrario. Una vez que tuvimos uno de esos goleadores temibles, máximo scorer del campeonato italiano, lo vivimos como una complicación, como un lastre, como un inconveniente que alteraba la normalidad del equipo. Tanto Pasarella como Bielsa, boicotearon abiertamente la titularidad de Batistuta en la Selección y, en ambos casos, fue dejado de lado en los momentos claves de la competición. El resultado, conocido, no hizo mella en los dirigentes nacionales ni en el periodismo cómplice que, al igual que en el caso de Gonzalo Quesada, siguen buscándole explicaciones racionales a la sin razón de los que tienen la responsabilidad de conducir los destinos de la selección de rugby.

Como pasó con Batistuta, en esta ocasión también se analizan las supuestas debilidades del candidato, olvidándose de las virtudes que lo hicieron ganarse un lugar en el equipo. Seguramente Batistuta muestra menos técnica con la pelota que Maradona, pero si Batistuta se convirtió en el máximo goleador histórico de la Selección, no fue por su falta de técnica, sino por su capacidad para anotar en el área, donde otros dudan. A la vez, olvidar lo que Gonzalo Quesada significó para los Pumas en el último Mundial, es una muestra de algo más que desagradecimiento; suena a terca ineptitud. El triunfo ante Irlanda no se debió sólo a un try definitorio, sino a los puntos conseguidos desde los penales (algunos desde media cancha, vale recordar), para mantener cerca al equipo, a la espera de dar el zarpazo soñado. Esos puntos que faltaron en el debut con Australia, cuando el tanteador se miró desde lejos, mientras Felipe Contepomi se cansó de fallar penales, drops y conversiones.

Puede adivinarse en esta actitud, un sentimiento común en nuestra patria. La de la arbitrariedad en la dirección, actitud que excede el mero campo deportivo. Se observa una falta total y absoluta de respeto por el otro, de reconocimiento del talento, de sinceridad para autoevaluar las propias posturas. Se arguye que “el hombre murió con la suya”, sin entender que los que conducen representan a un colectivo y que sus decisiones, si bien son propias, no son neutrales al resto (sean jugadores, dirigentes o hinchas). Morir con la de uno, no es un mérito. Aquel que muere con la suya, es incapaz de vivir con la de otros. Y esa no es precisamente una muestra de inteligencia.

Esa obcecación del poder, lo hemos visto en otros campos. Julio Bocca o José Cura debieron triunfar afuera, porque los carcamanes del Teatro Colón dictaminaron que no eran lo suficientemente buenos para ellos. “Los simuladores” fueron el programa de más rating de la Argentina, pero Telefé prefirió dejar en suspenso, indefinidamente, el capítulo final de la temporada, para darle espacio a un programa con menos puntos y que podía ceder un par de lunes para darle un broche digno a su antecesor. Piazzolla debió exiliarse, atacado en su patria, por los mediocres de siempre que, vale recordar, no pasaron a la historia, como sí lo hizo Ástor.

La pregunta es: ¿cuántos talentos arruinaron, cuántas potencialidades han quedado en el camino, por su ineptitud y arbitrariedad? Nadie le podrá devolver a Batistuta (ni a Argentina) los mundiales que no pudo ganar porque fue cómodamente sentado en el banco, negándole la chance que otros tuvieron. Tampoco, nadie podrá compensar el retroceso (económico y deportivo) que puede significar una eventual eliminación de los Pumas (que se advierte en el horizonte, más allá de todo el esfuerzo que pone el equipo).

¿Qué es lo que pasa con nosotros? ¿Qué malsana formación hay en nuestra sociedad que el síndrome Batistuta se repite con tanta frecuencia? ¿Por qué el talento tiene que comerse derechos de piso que no le son exigido a la mediocridad y a la indiferencia? ¿Por qué el que detenta el poder, lo ejercita desde la vereda del capricho y la soberbia? ¿Desde cuándo el consenso confronta con la autoridad?

La asignación de premios y castigos, caracteriza el comportamiento de una sociedad. En nuestra comunidad hacer lo correcto conlleva una alta probabilidad de pérdida y frustración. Que los Batistutas y los Quesada miren el partido, sentados en el banco, no sorprende; es el lugar que esta sociedad le asigna a sus mejores hombres.

p.d.: Al momento de escribir estas líneas, leemos que Gonzalo Quesada será titular ante Namibia. Vale refrenar el entusiasmo: es uno más de 14 cambios, respecto al equipo que jugó en el debut. Ante Namibia jugará el equipo suplente, lugar en el que está Gonzalo Quesada, último goleador del Mundial de rugby.


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