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el síndrome Batistuta
Que los Pumas perdieran su match inaugural del Mundial,
con Australia, estaba dentro de lo esperable. También, por una diferencia
mayor que los 16 puntos finales ocurridos. Lamentablemente, también se
esperaba que Felipe Contepomi siguiera con su mala puntería a los palos y
que la tozudez de los que guían los destinos tácticos del equipo, siguiera
manteniendo 9 o 12 puntos en el banco, en la persona de Gonzalo Quesada,
el último goleador del Mundial.
Pese a las razones tácticas
invocadas por la dirección técnica de los Pumas, cuesta comprender tal
obcecación a la hora de juzgar la inclusión de Quesada en el equipo.
Cuesta, desde el lado del hincha del equipo nacional, ver pasar
oportunidades, desperdiciar talento, dejar pasar el tren, no por
imponderables de la alta competencia (lesiones inesperadas, arbitrajes
amañados, inclemencias climáticas), sino por la vocación argentina de
boicotear lo mejor que tiene, esa tradición de ir a menos, despreciando el
propio potencial.
En los dos últimos mundiales de fútbol, la
Selección Argentina se metió sola (sin ninguna necesidad) en una de esas
absurdas polémicas tan del gusto nacional, con la inclusión de Gabriel
Batistuta. Durante mucho tiempo sufrimos a los goleadores extranjeros, en
cada centro o tiro libre contrario. Una vez que tuvimos uno de esos
goleadores temibles, máximo scorer del campeonato italiano, lo vivimos
como una complicación, como un lastre, como un inconveniente que alteraba
la normalidad del equipo. Tanto Pasarella como Bielsa, boicotearon
abiertamente la titularidad de Batistuta en la Selección y, en ambos
casos, fue dejado de lado en los momentos claves de la competición. El
resultado, conocido, no hizo mella en los dirigentes nacionales ni en el
periodismo cómplice que, al igual que en el caso de Gonzalo Quesada,
siguen buscándole explicaciones racionales a la sin razón de los que
tienen la responsabilidad de conducir los destinos de la selección de
rugby.
Como pasó con Batistuta, en esta ocasión también se
analizan las supuestas debilidades del candidato, olvidándose de las
virtudes que lo hicieron ganarse un lugar en el equipo. Seguramente
Batistuta muestra menos técnica con la pelota que Maradona, pero si
Batistuta se convirtió en el máximo goleador histórico de la Selección, no
fue por su falta de técnica, sino por su capacidad para anotar en el área,
donde otros dudan. A la vez, olvidar lo que Gonzalo Quesada significó para
los Pumas en el último Mundial, es una muestra de algo más que
desagradecimiento; suena a terca ineptitud. El triunfo ante Irlanda no se
debió sólo a un try definitorio, sino a los puntos conseguidos desde los
penales (algunos desde media cancha, vale recordar), para mantener cerca
al equipo, a la espera de dar el zarpazo soñado. Esos puntos que faltaron
en el debut con Australia, cuando el tanteador se miró desde lejos,
mientras Felipe Contepomi se cansó de fallar penales, drops y
conversiones.
Puede adivinarse en esta actitud, un sentimiento
común en nuestra patria. La de la arbitrariedad en la dirección, actitud
que excede el mero campo deportivo. Se observa una falta total y absoluta
de respeto por el otro, de reconocimiento del talento, de sinceridad para
autoevaluar las propias posturas. Se arguye que “el hombre murió con la
suya”, sin entender que los que conducen representan a un colectivo y que
sus decisiones, si bien son propias, no son neutrales al resto (sean
jugadores, dirigentes o hinchas). Morir con la de uno, no es un mérito.
Aquel que muere con la suya, es incapaz de vivir con la de otros. Y esa no
es precisamente una muestra de inteligencia.
Esa obcecación del
poder, lo hemos visto en otros campos. Julio Bocca o José Cura debieron
triunfar afuera, porque los carcamanes del Teatro Colón dictaminaron que
no eran lo suficientemente buenos para ellos. “Los simuladores” fueron el
programa de más rating de la Argentina, pero Telefé prefirió dejar en
suspenso, indefinidamente, el capítulo final de la temporada, para darle
espacio a un programa con menos puntos y que podía ceder un par de lunes
para darle un broche digno a su antecesor. Piazzolla debió exiliarse,
atacado en su patria, por los mediocres de siempre que, vale recordar, no
pasaron a la historia, como sí lo hizo Ástor.
La pregunta es:
¿cuántos talentos arruinaron, cuántas potencialidades han quedado en el
camino, por su ineptitud y arbitrariedad? Nadie le podrá devolver a
Batistuta (ni a Argentina) los mundiales que no pudo ganar porque fue
cómodamente sentado en el banco, negándole la chance que otros tuvieron.
Tampoco, nadie podrá compensar el retroceso (económico y deportivo) que
puede significar una eventual eliminación de los Pumas (que se advierte en
el horizonte, más allá de todo el esfuerzo que pone el equipo).
¿Qué es lo que pasa con nosotros? ¿Qué malsana formación hay en
nuestra sociedad que el síndrome Batistuta se repite con tanta frecuencia?
¿Por qué el talento tiene que comerse derechos de piso que no le son
exigido a la mediocridad y a la indiferencia? ¿Por qué el que detenta el
poder, lo ejercita desde la vereda del capricho y la soberbia? ¿Desde
cuándo el consenso confronta con la autoridad?
La asignación de
premios y castigos, caracteriza el comportamiento de una sociedad. En
nuestra comunidad hacer lo correcto conlleva una alta probabilidad de
pérdida y frustración. Que los Batistutas y los Quesada miren el partido,
sentados en el banco, no sorprende; es el lugar que esta sociedad le
asigna a sus mejores hombres.
p.d.: Al momento de escribir estas
líneas, leemos que Gonzalo Quesada será titular ante Namibia. Vale
refrenar el entusiasmo: es uno más de 14 cambios, respecto al equipo que
jugó en el debut. Ante Namibia jugará el equipo suplente, lugar en el que
está Gonzalo Quesada, último goleador del Mundial de
rugby.
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